La mayoría de ciudadanos de esta provincia aspira a una vida honesta. Es una manera de interpretar el sentido cívico de la convivencia. La ubicación o el acomodo moral de la mayoría se sitúan en la honradez. La mayoría de ustedes se levanta cada día con la voluntad de satisfacer sus anhelos y sus ambiciones legítimas. Trabajar, prosperar, luchar para mejorar las condiciones de vida. Defender lo suyo sin perjudicar a los demás. Pelear por sus familias, por su futuro. Estas son las leyes no escritas que asumimos y transmitimos de generación en generación. Hacerlo salvando las dificultades, acaso mayores que nunca en estos tiempos.
Como todos sabemos, también hay leyes escritas. Resultado de la voluntad civilizada de convivir respetando unas reglas del juego que nos hacen teóricamente iguales. Por eso cuando se violan estos principios desde los poderes públicos se masca la tragedia en la sociedad. Una tragedia en términos de confianza e ilusión colectiva. La democracia precisa de confianza y de motivación ilusionante para avanzar. Una sociedad sin fundamentos éticos y sin lazos que estrechen una identidad colectiva no merece la pena. Una sociedad resuelta y determinada a caminar sumando, cohesionando y compartiendo un sueño común de progreso, sí merece la pena. Eso es una democracia. Al menos, una versión de la democracia que dignifica a sus individuos y los convoca a conjurarse en defensa de valores nobles.
Supongo que también se puede vivir en una democracia formal sin pasión alguna. Sin saberlo, podemos ser vasallos, corderos o clones sin registros ni personalidad. Ejercer mecánicamente el sufragio cada cuatro años descolgándonos de toda responsabilidad o compromiso mayor. Una democracia que genera desafección y distancias insondables entre los ciudadanos y las instituciones representativas. La corrupción, el caciquismo, las malas artes para confundir lo público con lo privado, lo particular con lo general, etc., constituyen arietes letales contra la confianza y la ilusión imprescindible para construir una democracia avanzada y verdadera.
La corrupción puede que forme parte de la condición humana. Es una tara individual. No puede generalizarse ni confundirse con los propósitos altruistas que sin duda albergan los partidos políticos, independientemente de la ideología que representen. El drama nace y estalla cuando los partidos se convierten en cómplices y prestan cobertura a sus manzanas podridas. En la manera de reaccionar se halla la clave. Pueden y deben extraerse muchas conclusiones.
En esta provincia se dan casos muy graves de presunta corrupción. Jueces, policías, fiscales e inspectores de Hacienda han llegado muy lejos en la presentación de un caso que golpea la conciencia moral de la mayoría de los ciudadanos. El caso Fabra lleva años castigando la imagen de las instituciones democráticas y lesionando la percepción que mucha gente tiene de la política y del ejercicio del poder público. Con independencia del desenlace final en sede judicial y más allá de todas las consideraciones que pueden hacerse al respecto, una actitud vergonzante emerge despreciando los valores más esenciales sobre los que descansa nuestra convivencia democrática. Una actitud que golpea la línea de flotación de la mencionada confianza y la ilusión colectiva que debe motivar a una sociedad.
No se entiende que el presidente de la Diputación no haya querido justificar nunca el origen de sus millonarios ingresos que, según Hacienda, escondió defraudándonos a todos los españoles. Pero lo peor no es eso. La tragedia democrática es que en su partido no haya salido ni una sola voz que susurre: “Presidente, ¿por qué no pone fin a este culebrón explicando quién le ingresaba tantos millones? ¿No le parece que sería la forma más rápida, sencilla y responsable de cerrar este tema si es inocente? ¿Qué necesidad tenemos como partido, como sociedad y como provincia de soportar este desprestigio? La complicidad y el silencio de todo un partido es, en estos momentos, la verdadera tragedia democrática que debe hacernos reflexionar a todos.
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